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Imagen por cortesía de © Universal Pictures International

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Terror afroamericano: análisis y renacimiento, parte III

El Black Horror y el terror afroamericano contemporáneo


El boom en la década de los 90 de las Hood Films o “películas del barrio”, el género cinematográfico originado por la cultura urbana afroamericana que representaba los dramas personales y familiares derivados de la pobreza y la escasez de trabajo en los barrios más marginales de la comunidad negra, la violencia de las bandas callejeras y el narcotráfico, popularizadas por directores como John Singleton, Mario Van Peebles o Spike Lee, dio lugar a una nueva oleada de producciones afroamericanas, por profesionales afroamericanos y para un público afroamericano. De hecho, en algunos medios como la revista online blackfilm.com se llegó a hablar de un neo-blaxploitation.

Dentro de este contexto, el salto al black horror se gestó junto con el éxito de esas historias del barrio dirigidas por Singleton o Lee. En sus comienzos se trataban en su mayoría de películas de terror urbano, enormemente comprometidas con la realidad social del momento, que retrataban las mismas situaciones de drogas, pobreza y crímenes de bandas, pero bajo un enfoque terrorífico. La mencionada Tentación diabólica (1990) de James Bond III, advertía del extremado peligro que suponía el SIDA en una comunidad diezmada por el consumo de drogas y las relaciones sexuales sin control profiláctico. Otro ejemplo, la antología de relatos Tales from the Hood (1995), trataba sobre la brutalidad policial y el racismo institucionalizado, el abuso doméstico o la violencia de bandas. Además, contaba entre su reparto a Rosalind Cash, una actriz que luchó activamente contra la estereotipación de los personajes de color y conocida por su trabajo en Dr. Black, Mr. Hyde (1976).

Tales from the Hood (1995)

Tales from the Hood (1995) © Scream Factory

A principios del nuevo milenio, el black horror terminó de popularizarse, con producciones como Bones (2001), otra película de terror urbano donde el espíritu de un hombre abatido a tiros por un policía corrupto, interpretado por el rapero Snoop Dogg, regresaba en forma de espíritu vengativo para limpiar el barrio de indeseables. Más tarde, Snoop Dogg volvería al género con una antología con reminiscencias de Tales from the Hood (1995), titulada Hood of Horror (2006) en cuyo reparto aparecían nombres como Ernie Hudson, Billy Dee Williams, y personajes de la cultura negra como el rapero Method Man o la estrella de la NBA Lamar Odon. En Killjoy, payaso diabólico (2000), dirigida por Craig Ross Jr., tres jóvenes pandilleros son perseguidos por un payaso diabólico. Y en The Evil One (2005) de Parris Reaves, el barrio más peligroso de Chicago, Englewood, es aterrorizado por el fantasma de un sádico asesino en serie.

La mayoría de ellas eran producciones directas al mercado del vídeo, de poco presupuesto y peor calidad, pero definitivamente implicaban que el terror afroamericano había regresado. Y su popularidad y presencia en las estanterías de las cadenas de videoclubs como Blockbuster, ya casi desaparecidas, crecía hasta el punto de permitirse secuestrar una franquicia inspirada en el folclore irlandés como Leprechaun (1993), situada en las antípodas de la mitología afroamericana y de su cultura étnica, y trasladarla al barrio en la quinta y sexta entregas de la saga. O imitar la fórmula de otra franquicia tan famosa como Scream: Vigila quién llama (1996) y reacondicionarla para el público afroamericano en forma de comedia terrorífica en Holla (2006) de H.M. Coakley. Una vez más, anteponiendo la necesidad de generar beneficios rápidamente y el bajo presupuesto a la calidad artística.

Bones (2001)

Bones (2001) © Warner Home Video

Esta proliferación de films de terror negro no se escapó a la atenta mirada de Hollywood y la compañía Screen Gems, subsidiaria de Columbia Pictures, produjo un thriller protagonizado por Beyoncé e Idris Elba, Obsesionada (2009), que dejó una considerable bolsa en taquilla. Sin ser una película de terror, ni una producción netamente afroamericana, dio lugar a una pequeña oleada de nuevos thrillers urbanos, más o menos terroríficos, con repartos encabezados por actrices de color, como Sin escrúpulos (2014), donde Taraji P. Henson y sus hijos eran aterrorizados por un preso fugado interpretado por Idris Elba. Obsesión fatal (2016) de Jon Cassar proponía una historia donde una madre de alquiler se inmiscuía peligrosamente entre Regina Hall y su marido Morris Chestnut. Y Halle Berry en Secuestrado (2017) de Luis Prieto, interpretaba a una madre que no se detendrá ante nada para recuperar a su hijo secuestrado, en una road movie de acción, con suficientes dosis de terror como para situarla en la órbita del clásico de 1971, El diablo sobre ruedas de Steven Spielberg, donde otro ciudadano común y anodino se enfrentaba a un violento y mortal oponente sobre el asfalto. Todas son producciones con una considerable presencia afroamericana, bien posicionadas dentro de la industria hollywoodense, pero donde la racialidad de sus protagonistas no ejercía una notable influencia en la trama. Más que nunca, los actores y actrices negros estaban interpretando papeles en el cine de terror que no eran específicos de su raza. Pero quizás sea esto lo que diferencia las producciones black horror contemporáneas de las antiguas películas raciales y el blaxploitation. El terror afroamericano moderno también tiene personajes negros fuertes y complejos, pero su estilo de vida ya no está enclaustrado en el barrio, ni en el folklore negro. Nada drogas, rap o bandas callejeras. Eso sí, si algo ha quedado bien claro en los últimos años, es que meterse con una madre negra es sinónimo de buscarse problemas serios.

Hasta que llegó Jordan Peele. Y Déjame salir (2017).

La obra maestra de Peele retrató una realidad afroamericana, únicamente percibida desde el punto de vista negro. Una realidad en la que las personas de color se enfrentaban a diario a comportamientos microracistas, asumidos en la sociedad blanca como normalidad, en forma de sutiles acciones aparentemente bien intencionadas, que inequívocamente ejemplifican el racismo estructural de la sociedad. Sutiles e insidiosas manifestaciones de la interiorización de los prejuicios que persisten en el tiempo y que, en última instancia, pueden albergar siniestras intenciones xenófobas.

Déjame salir fue un éxito instantáneo de crítica y público. Una demostración inequívoca de que existe una industria provechosa y de calidad en el género de terror afroamericano. Un recordatorio que ha canalizado un cambio en la receptividad hacia el black horror y sus historias. Y propició un aumento en la películas y series de televisión con el foco centrado en la comunidad afroamericana: en la serie Watchmen de HBO, la historia y el horror negros están profundamente entretejidos en su argumento, que trata de reimaginar el racismo estructural estadounidense en un mundo donde los afroamericanos son ciudadanos de primera, aunque termina recurriendo a las villanías de siempre, racialmente hablando, como es la supremacía blanca y villanos enmascarados que operan con nocturnidad.

Body Cam (2020)

Body Cam (2020) © Paramount Home Entertainment

Tras Déjame salir el cine afroamericano se ha vuelto más visible. Asalto en la noche (2018) de James McTeigue, donde le toca el turno a Gabrielle Union de convertirse en una nueva madre negra que tiene que luchar con uñas y dientes para protejer a sus hijos del asalto de un grupo de ladrones caucásicos, en la aislada casa de su padre. O La primera purga: La noche de las bestias (2018) de Gerard McMurray, estrenada dos meses después, donde de nuevo personajes negros tendrán que sobrevivir al ataque de ricos elitistas blancos que los ven como prescindibles. Una película, además, extremadamente comercial con un alto contenido de denuncia social y política. Son buenos ejemplos de terror afroamericano contemporáneo.

Una vez más, el género de terror está madurando con los tiempos y se está volviendo más imaginativo e inclusivo. La interseccionalidad entre héroes, antihéroes, villanos y monstruos ya no está tan definida y se entremezclan no solo racialmente, sino también en su género o clase social. La película El sótano de Ma (2019) cuenta la historia de una solitaria mujer de mediana edad que se aferra a un grupo de adolescentes para recuperar la ilusión por vivir, hasta el punto de la obsesión. Aquí, el monstruo es una mujer afroamericana y las víctimas un puñado de adolescentes blancos. Sin embargo, en El ocupante (2019) de Deon Taylor, el monstruo es un hombre blanco conservador, interpretado por Dennis Quaid, que se niega a perder sus raíces, cuando se ve obligado a vender su casa rural a una pareja de jóvenes y exitosos afroamericanos. En Body Cam (2020) de Malik Vitthal, sin embargo, la interseccionalidad racial es intencionadamente abrumadora: una patrullera afroamericana, Mary J. Blige y su novato compañero caucásico, Nat Wolff, se enfrentan al espíritu vengativo de un adolescente negro abatido a tiros por policías blancos y afroamericanos.

Con todo, es cierto que incluso hoy en día, los afroamericanos están subrepresentados en industria del cine, tanto delante como detrás de la cámara. En las salas de juntas de las grandes productoras o distribuidoras de Los Angeles, por ejemplo, el negro es escaso todavía. Pero es evidente que está creciendo imparable y estoy seguro de que nombres como Will Packer, posiblemente el productor afroamericano más exitoso de la década, o Tyler Perry, el primer afroamericano en poseer una productora de primer nivel, no dejarán de producir historias sobre los sueños y las predilecciones de los negros estadounidenses sin temor a que se conviertan en un fracaso en taquilla o en subproductos exclusivos para la audiencia afroamericana. El propio Peele regresó a las pantallas con su segundo proyecto, Nosotros (2019) donde proponía una sacudida a la complacencia de una familia afroamericana social y económicamente acomodada a través de sus doppelgangers menos afortunados; es como si, el propio Peele reconociese que se hubiera dado un gran paso para la inserción de más y más producciones de terror afroamericanas en las carteleras pero, al mismo tiempo, advirtiese de que todo pudiera ser amenazado y derrumbarse como un castillo de naipes en cualquier momento.

Contaba Jordan Peele que cuando gestó el argumento de Déjame salir se inspiró enormemente en películas como Ganja & Hess y La noche de los muertos vivientes para representar las ansiedades y los miedos que sienten los afroamericanos cuando se mezclan con las costumbres caucásicas. Pero, sobre todo, fue la visión de George A. Romero la que pesó considerablemente en la creación de Chris, el personaje de color completamente integrado en la sociedad, a partir de su relación con su novia blanca, hasta que una interacción más amplia con la sociedad blanca le lleva a un destino que termina en tragedia. Lo más probable es que Peele quisiera hacer una analogía con la situación del black horror o de los cineastas afroamericanos en el contexto de la industria cinematográfica contemporánea: películas e historias de calidad, con actores reconocibles que, sin embargo, no terminaban de desempeñarse como se podía esperar de ellas.

Aunque, la nota de esperanza es que Chris, a diferencia del Ben de Romero, sobrevive al final.


Si lo deseas puedes consultar la lista de IMDB Las mejores películas de terror afroamericano: del Blaxploitation al Black Horror para recibir más información sobre las películas mencionadas en este artículo.


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terrorbit
terrorbit
Escritor y amante de cine de terror. Superfan de las películas de zombies, cuantos más zombies, mejor. Desde mis ojos, cuatro décadas viendo cine de terror os contemplan.