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Imagen por cortesía de © A24 / Sony Pictures España

#CriticadeMiedo

Saint Maud

El primer largometraje de la realizadora británica Rose Glass y probablemente unos de los mejores filmes de terror religioso en lo que llevamos de siglo XXI, que en ciertos aspectos recuerda a «Repulsión (1965)» de Roman Polanski, y retrata el descenso a la locura de una joven enfermera de cuidados paliativos, entregada a su devoción tras un traumático incidente, que se obsesiona con la ausencia de fe de una paciente moribunda, marcada por una pulcritud casi kubrickiana y un duelo interpretativo reseñable entre Morfydd Clark y Jennifer Ehle.


Título original: Saint Maud (UK, 2019) Color, 84 mins.
Director: Rose Glass
Reparto: Morfydd Clark, Jennifer Ehle, Lily Knight, Lily Frazer

★★★✰ Saint Maud (2019) on IMDb


Hábil mezcla de subgéneros terroríficos menos populares, como el horror femenino y el religioso, bajo la apariencia de un film post-horror o terror elevado, como ha sido llamado últimamente, Saint Maud es la opera prima de Rose Glass, una realizadora y guionista británica que sin duda dará mucho de qué hablar los próximos años. Glass utiliza el descenso a la locura de una enfermera de cuidados paliativos que se entrega a la misión divina de salvar el alma de una paciente terminal, por la que comienza a sentir una obsesiva relación de atracción/repulsión, para realizar un detallado discurso sobre la culpa, la duda existencial, el condicionamiento religioso auto destructivo y la paranoia.

Con evidentes reminiscencias a Repulsión (1965) de Roman Polanski, otro reseñable viaje a la locura, minimalista y subliminal, que parece tomarse como base para que Rose Glass, a través del excelente trabajo fotográfico de Ben Fordesman y una banda sonora que se sirve del silencio y de la ominosa partitura de Adam Janota Bzowski, vaya construyendo paulatinamente un relato minucioso que detalla la angustia existencial de la protagonista y su degradación, partiendo la estructura en dos partes diferenciadas, con una primera mitad centrada en la convivencia junto a la paciente moribunda, una exitosa bailarina entregada al hedonismo carnal en sus últimos días, y una segunda parte más aterradora en la que comienza a desmoronarse psicológicamente cuando los fantasmas de su psique rota reaparezcan con toda su fuerza. Si en la primera parte, los problemas psicológico/religiosos de la taciturna protagonista estaban sugeridos a través de su carácter tímido e huidizo, así como algunos instantes de arrebatamiento, en la siguiente fase su condición se dispara hacia las alucinaciones visuales y auditivas, que la llevan a dejar de asearse y martirizarse caminando por las calles con plantillas claveteadas, o a experimentar levitaciones y escuchar la palabra de Dios.

Claro que, nada de ello podría haber sido posible sin las apabullantes interpretaciones de su dúo protagonista Morfydd Clark y Jennifer Ehle. Clark, en especial, se encuentra en pantalla prácticamente todo el metraje y aprovecha cada fotograma para dibujar un personaje creíble y absolutamente empatizante a pesar de toda su locura, pues siendo testigos de cada sufrimiento auto infligido, de cada alucinación, sólo cabe sentir lástima por ella. Jennifer Ehle, una veterana actriz nada habitual en las lindes del horror y a quien hemos visto recientemente en La hora del miedo (2019) de Alistair Banks Griffin, resulta el contrapunto perfecto.

El mayor acierto de Saint Maud estriba en saber evitar los estereotipos propios de los subgéneros que toca, las transformaciones corporales y la victimización, vinculadas a la menstruación o al acoso sexual, propias del terror feminista o las apariciones sobrenaturales y truculencias varias del cine de posesiones y arrebatamientos religiosos. Tomándose muy en serio el delirio místico católico de la protagonista, Rose Glass tan solo se atreve a sembrar levemente la duda en el espectador sobre si lo que ve es real o es un producto de la imaginación de la devota enfermera, manteniéndose firme en su retrato de una mujer extremadamente traumatizada y cuya fragilidad psicológica la lleva a caer en las garras de la devoción desmedida y redentora.

De lo que no cabe duda es de que Saint Maud coloca a Rose Glass en el cajón más elevado del post-horror, junto a nombres como Robert Eggers, Ari Aster o Jordan Peele, ese escalafón donde la complejidad conceptual eleva los conceptos cotidianos del cine de terror a una dimensión superior que reinterpreta las constantes del género, alejada de paladares de emociones fuertes y aficionados a los sobresaltos truculentos. Al mismo tiempo, se suma a la ya extensa lista de realizadoras femeninas, otrora silenciadas, que ha asomado al género terrorífico con más o menos acierto, pero con filmes decididamente interesantísimos como Jennifer Kent, Babadook (2014) , Karyn Kusama, La invitación (2015) , Ana Lily Amirpour, Una chica vuelve a casa sola de noche (2014) o Natalie Erika James y su Relic (2020) crítica.




terrorbit
terrorbit
Escritor y amante de cine de terror. Superfan de las películas de zombies, cuantos más zombies, mejor. Desde mis ojos, cuatro décadas viendo cine de terror os contemplan.